La historia del arquitecto chileno que remodeló el jardín japonés del Parque Metropolitano

Tras casi dos años de clausura, desde el 10 de enero se puede disfrutar la nueva cara de este espacio ubicado en el cerro San Cristóbal. Quien estuvo a cargo de hacer realidad este proyecto -de casi 4 mil metros cuadrados y con una inversión cercana a los $1.200 millones- fue Juan Manuel Gálvez, un iquiqueño que, de casualidad, se especializó en este tipo de jardines en el país asiático.

Jose Joaquín Suzuki V.

La segunda reinuguración del jardín japonés del Parque Metropolitano en sus 41 años de historia ocurrió el pasado 10 de enero. Con una tradicional ceremonia del té, realizado por el grupo Himawari de la Sociedad Japonesa de Beneficencia, el espacio construido en 1978 por el arquitecto Tadashi Asahi -el cual fue financiado por la Cámara Chileno Japonesa de Comercio- abrió sus puertas tras una remodelación que demoró cerca de dos años.

Con una inversión total cercana a los $1.200 millones, el tradicional espacio contiene -según describió el ministro de Vivienda y Urbanismo, Cristián Monckeberg, en la ceremonia de apertura- caídas y estanques de agua, una terraza que simula y se asemeja a lo que son las terrazas abiertas japonesas y puentes en la lógica del arte y diseño japonés, entre otras novedades.

Lo que muchos no saben es quién estuvo a cargo de la implementación fue un chileno llamado Juan Manuel Gálvez, quien -en una charla que se hizo en el marco del Nihon Matsuri de la U. de Santiago, el 7 de noviembre de 2018- relató como llegó a ser el ideólogo del nuevo jardín japonés de Santiago.

Así lucía antiguamente el Jardín Japonés, abierto en 1977 y que fue remodelado en 1997 por el ingeniero agrónomo Alexis Vidal debido a los 100 años de relaciones diplomáticas entre Chile y Japón. A esa apertura asistieron el principe Hitachi y su señora Hanako (crédito Plataforma Urbana).

Probar suerte. Esa era la idea con la cual el arquitecto Juan Manuel Gálvez y su polola de ese entonces viajaron a Japón. Se quedarían tres meses, la cantidad de tiempo que dura la visa de turista. Antes de regresar a Chile, Gálvez -quien hacía clases sobre diseño y patrimonio del paisaje en la U. Arturo Prat de Iquique- decidió cursar, durante dos semanas, un seminario sobre jardines japoneses en Atami (ciudad ubicada en la prefectura de Shizuoka, al suroeste de Tokyo).

Era 2013. “Estuvimos dos semanas encerrado, era como un reality. En la mañana teníamos clases teóricas y en la tarde, practica. Los fines de semana íbamos a Kyoto“, recuerda.

Tras terminar ese seminario, un profesor alemán le preguntó si no le interesaba quedarse haciendo un magister. Él le podía recomendar un profesor en la Universidad de Chiba. Si bien el sueño de Gálvez era volver al norte de Chile y seguir haciendo clases, le interesó el tema y se contactó con el profesor. Este le comentó que se reunieran el 17 de marzo. Su vuelo de regreso a Chile era el 13 de ese mismo mes. Decidió pagar la multa para cambiar el pasaje e ir a la reunión. La oportunidad era única.

Al profesor le gustó su tema de investigación -sobre por qué existían piedras erguidas en los jardines japoneses, tal como en la cultura chinchorro, la cual conocía bien debido a que los había estudiando antes en Chile- por lo que decidió postular para el master en Arquitectura del Paisaje, en el cual quedó.

Sin embargo, el dinero era un problema: no podía optar a una beca Monbukagakusho porque sobrepasaba el requisito de la edad de 35 años. Su otra opción, que era Becas Chile, tampoco quedó. 

Su profesor guía le preguntó si se iba a quedar o iba a regresar a Chile. Decidió permanecer en Japón y postular a becas que otorga el Japan Student Services Organization (JASSO) para alumnos extranjeros. Para obtenerla, tenía que destacar.

Juan Manuel Gálvez durante su charla en el Nihon Matsuri de la U. de Santiago en noviembre pasado.

“Iba de lunes a lunes, de las 9 de la mañana a las 9 de la noche, no tenía fin de semana. No tuve vida. Eso sirvió a que mi sensei escribiera varias cartas de recomendación para que así me ganara las becas”, cuenta Gálvez. Ya que ésta solo le cubría la universidad, para sus otros gastos hacía trabajos de medio tiempo (arubaito) como profesor de inglés o español, entre otros.

Uno de esos trabajos fue en una empresa que se dedicaba a mantener jardines japoneses en Tokyo y la prefectura de Chiba. Eso lo hizo durante un año y medio. Su experiencia trabajando en parques también continuó tras terminar su master ya que, en 2016, se fue a Kyoto donde fue contratado por Ueyakato Landscape Company, la cual tiene cerca de 170 años y es una de las dos empresas más grandes de mantención de jardines en esa ciudad. Allí estuvo cerca de siete meses.

Tras ganar esta experiencia, decidió volver a Chile. Gracias a la Embajada de Chile en Japón y de la Embajada de Japón en Chile, su nombre fue sondeado para ver si se podía hacer cargo del proyecto del jardín japonés del Parque Metropolitano. Él aceptó el desafío.


Antes de comenzar a hablar sobre la remodelación del Jardín Japonés del Cerro San Cristóbal, el arquitecto explica la filosofía detrás de este tipo de construcción: “El jardín japonés tiene ciertas leyes que se mantienen. Tienen que ser respetadas y seguidas”. Mostrando fotos de distintos jardines, ilustra cuáles son las principales.

Katsura Rikyu (Crédito Wikipedia)

La primera es la asimetría. Lo segundo son las rocas: “La gente piensa que (los jardines japoneses) son solo arbustos, árboles y flores. Eso es un 50%. La otra mitad es el trabajo en piedras y rocas, que es sumamente importante, pero que pasa desapercibido”. Lo tercero es la contemplación: “El jardín japones es un lugar arquitectónicamente pensado para la contemplación. Esa es la vocación que tiene”.

Todo esto, explica Gálvez, genera dos realidades: la parte donde está una edificación y otra donde está jardín, lo cual simboliza lo humano y lo sagrado, respectivamente. “Esa concepción viene desde China. El budismo establece que la representación del jardín esta relacionado al paraíso, porque el jardín es la representación del paraíso en la tierra. Entonces, mientras más se observa y se contemple el jardín, cuando mi alma despegue de la tierra, va a ser más fácil encontrar el paraíso. Esa es la concepción que tiene un jardín japonés”, comenta.

El jardín japonés es uno que se hace todo de nuevo: cada árbol, arbusto, flor, está allí porque está pensada matemáticamente.

Juan Manuel Gálvez

Para ilustrar el concepto, mostró varias fotos de lugares que tuvo la oportunidad de visitar en Japón como el Katsura Rikyu, una especie de casa de campo en Kyoto usada por la familia imperial y del cual solo algunas personas han tenido la oportunidad de visitar. También los templos de Tenryu-ji y Kinkaku-ji, que también están en Kyoto.

Sin embargo, esa idea del jardín japonés como representación del paraíso fue contrapuesta con otras corrientes de pensamiento como la del budismo zen. Según explica, esa representación sería injusta, ya que solo quienes tienen dinero pueden acceder a los jardines y, por ende, tener acceso posterior al paraíso. “El asunto no está en visualizar desde afuera el paraíso, sino en cómo se construye desde dentro. Entonces, la única manera sería a través de la meditación”, explica.

Es allí donde aparece el jardín seco, donde todos los conceptos utilizados en los jardines japoneses tradicionales se reducen a espacios menores. Por ejemplo, los estanques son representados con arena blanca que representa el agua con las líneas siendo las olas. Ejemplos de esto son jardines como Ryoan-ji o Shinsen-do.

Ryoan-ji (Crédito Wikipedia)

Si hay que hacer una diferencia entre jardines japoneses orientales, Gálvez explica que mientras los chinos tienden a exagerar las formas y jugar mucho con la geometría -por ejemplo, las pagodas son curvas y las rocas tienen muchos recovecos- los coreanos son “un poco más rígidos, pero también tienden a geometrizar los elementos: las lagunas son rectangulares o las islas son circulares”.

En cambio, el japonés tiene como característica el podar toda la vegetación y así tener un “control máximo” del entorno. También los edificios que existen en los parques son mínimos y tienen un lenguaje simple. “La simpleza hace que aparezca lo orgánico y la naturaleza”, dice.


Una tarea titánica. Así Juan Manuel Gálvez reconoce que fue el remodelar el jardín japonés del cerro San Cristóbal. No sabía de su existencia. Menos de que había otro en el cerro Santa Lucia. Solo conocía el jardín japonés de La Serena. Según el sitio Discover Nikkei, existen jardines japoneses en todo Chile, en ciudades como Antofagasta o Constitución.

Él conoció este parque a principios del 2017 e inmediatamente supo que había que cambiar muchas cosas. “En el jardín de 1978, los elementos arquitectónicos eran un estanque, la famosa rueda del molino, cuatro linternas de piedra, dos miradores, el parrón donde estaba el flor de la pluma, el acceso principal y unos senderos. Eran mil metros cuadrados”, enumera el arquitecto.

La nueva versión involucra modificaciones radicales. En palabras de Gálvez, “se amplió el estanque, se reconstruyó y se reubicó la rueda de molino, hay dos puentes de madera, un puente de tierra, tres linternas de piedra, se reconstruyó un mirador y el otro se destruyó. Se reconstruyó el parrón de pluma y el acceso principal. Hay un escenario de hanami, cinco senderos de piedra con tipología japonesas y un jardín seco. También se podaron muchas de las especies”. Todo eso en 4.500 metros cuadrados. Y si hay una tercera etapa, la cual estaría contemplada, se podría pasar a 7 mil metros cuadrados en total.

Vista actual del parque. Todos los elementos de madera fueron realizados con madera chilena en Villarrica. También, la mayoría de la vegetación fue podada, algo que no se había realizado en los últimos 30 años. Crédito: Ministerio de Vivienda y Urbanismo

Dentro de las modificaciones que quería hacer, una fue su obsesión inmediata: la rueda de agua. “Quería sacarla, pero no me dejaron. En ningún jardín japonés en todo Japón hay ruedas”, dice. Las razones que le dieron eran de peso: uno que estaba en la memoria colectiva de la gente. La segunda, que fue una donación de la Cámara Chileno Japonesa de Comercio. Lo que hizo fue ubicarla en otro sitio y ponerla de una manera perpendicular a una cascada -no en paralelo a las rocas como estaba antes- para que cumpliera la función de dirigir un cause agua (como una rueda de agua), no de molino.

Hace cinco años, Juan Manuel Gálvez nunca pensó que iba a estar hablando sobre jardines japoneses. Menos que llegaría a remodelar el jardín japonés del Parque Metropolitano. Su único sueño era hacer clases en Iquique. Pero su viaje a Japón fue lo que le cambió la vida. Con el tiempo supo que había tomado la decisión correcta.


¿Por qué se demoró tanto la reapertura del parque?

Desde el 19 de diciembre de 2016 que el jardín japonés del cerro San Cristóbal tenía cerradas sus puertas al público para su remodelación. Antes, en octubre de 2015, el entonces director del Parque Metropolitano, Mauricio Fabry, anunció en el Hanami de ese año que se harían las remodelaciones.

Según las licitaciones que el Parque Metropolitano abrió para este proyecto, el primer intento para mejorar el jardín japonés fue en marzo de 2015, donde un concurso para el diseño del mejoramiento del espacio quedó sin ofertas. Tres meses después, en una nueva licitación, la empresa Koppman Arquitectura y Construcción se adjudicó esa labor por $40 millones.

Según detalló Mas Deco de La Tercera, en ese diseño trabajaron como consultores Tadashi Asahi -quien estuvo involucrados en el proyecto original- y Yushin Sasaki.

La etapa número uno de mejoramiento involucraba, según las bases de licitación, “el mejoramiento de la infraestructura actual y proyectada que considera nuevos baños públicos, contención de taludes, proyecto sanitario incluyendo agua potable, alcantarillado y sistema de tratamiento de aguas residuales (TOHÁ)”. El concurso se abrió el 9 de septiembre de 2016, la cual no recibió ofertas. Una segunda licitación se abrió el 27 de octubre de ese mismo año, donde se adjudicó a una empresa por cerca de $419 millones.

Una segunda fase fue licitada en marzo de 2017 y que involucraba “el mejoramiento de la infraestructura actual, senderos, parrones, miradores, proyecto nuevo de recirculación de aguas, paisajismo, riego y proyecto de señalética”. Si bien el 11 de mayo de 2017 se adjudicó a una empresa el mejoramiento del jardín por $356 millones, el 19 de diciembre de 2017 se puso fin a ese contrato debido a problemas en la ejecución.

Recién el 22 de marzo de 2018 se llamó a una nueva licitación para la etapa 2 de mejoramiento, adjudicándose el 27 de abril de ese año a otra empresa por $425 millones.


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